sábado, 8 de septiembre de 2012

Don Quijote, el Caballero de los Leones - Español 4to grado

Una versión acerca de este fragmento del gran clásico de la literatura.






Es una lectura que pienso que muchos recordarán y ahora que la he vuelto a leer con atención me doy cuenta que de acuerdo a las ilustraciones siempre pensé que el que estaba arriba de la jaula era Don Quijote, pero en realidad se trata del leonero que fue quien abrió la puerta al león para que Don Quijote lo enfrentara, por lo que una imagen más correcta sería esta:


Llama la atención ver que al final se hace referencia a que este fragmento del Quijote es una versión de Polidoro. Resulta que Polidoro se trata de una colección de cuentos infantiles de la editorial CEAL (Centro Editor de América Latina) de Argentina. En 1967 apareció el primer cuento de esta colección: “Pulgarcita”. Este relato constituyó uno de los 80 títulos (cada uno era un fascículo) de lo que fue la segunda colección del CEAL, los Cuentos de Polidoro. La idea de esta serie era recrear clásicos de la literatura universal para chicos de 5 a 8 años con un enfoque original en los textos, en la ilustración y en el diseño. Cada fascículo contenía un cuento completo que podía ser un capítulo o episodio de una obra mayor. Por ejemplo, “El mundo de Don Quijote”, presenta el personaje y el episodio de los molinos de viento.



La colección fue pensada también desde el punto de vista visual, por lo que se convocaron excelentes ilustradores que impusieron su estilo. Los cuentos están escritos en un español neutro con el objetivo de llegar no solo al mercado argentino, sino al latinoamericano e, incluso, al español. No se hallan argentinismos pero sí un registro coloquial, aun frente a temas serios, con un estilo sencillo y con frecuentes toques de humor. Es un claro intento de ruptura del estilo escolar imperante en la época.


Y esta es la versión original del fragmento que aparece en la segunda parte de la obra del Quijote de Miguel de Cervantes:

CAPÍTULO 17: De donde se declaró el último punto y estremo adonde llegó y pudo llegar el inaudito
ánimo de don Quijote, con la felicemente acabada aventura de los leones
Cuenta la historia que cuando don Quijote daba voces a Sancho que le trujese el yelmo, estaba él
comprando unos requesones que los pastores le vendían; y, acosado de la mucha priesa de su amo,
no supo qué hacer dellos, ni en qué traerlos, y, por no perderlos, que ya los tenía pagados, acordó de
echarlos en la celada de su señor, y con este buen recado volvió a ver lo que le quería; el cual, en
llegando, le dijo:
–Dame, amigo, esa celada; que yo sé poco de aventuras, o lo que allí descubro es alguna que me ha
de necesitar, y me necesita, a tomar mis armas.
El del Verde Gabán, que esto oyó, tendió la vista por todas partes, y no descubrió otra cosa que un
carro que hacia ellos venía, con dos o tres banderas pequeñas, que le dieron a entender que el tal
carro debía de traer moneda de Su Majestad, y así se lo dijo a don Quijote; pero él no le dio crédito,
siempre creyendo y pensando que todo lo que le sucediese habían de ser aventuras y más aventuras,
y así, respondió al hidalgo:
–Hombre apercebido, medio combatido: no se pierde nada en que yo me aperciba, que sé por
experiencia que tengo enemigos visibles e invisibles, y no sé cuándo, ni adónde, ni en qué tiempo, ni
en qué figuras me han de acometer.
Y, volviéndose a Sancho, le pidió la celada; el cual, como no tuvo lugar de sacar los requesones, le
fue forzoso dársela como estaba. Tomóla don Quijote, y, sin que echase de ver lo que dentro venía,
con toda priesa se la encajó en la cabeza; y, como los requesones se apretaron y exprimieron,
comenzó a correr el suero por todo el rostro y barbas de don Quijote, de lo que recibió tal susto, que
dijo a Sancho:
–¿Qué será esto, Sancho, que parece que se me ablandan los cascos, o se me derriten los sesos, o
que sudo de los pies a la cabeza? Y si es que sudo, en verdad que no es de miedo; sin duda creo que
es terrible la aventura que agora quiere sucederme. Dame, si tienes, con que me limpie, que el
copioso sudor me ciega los ojos.
Calló Sancho y diole un paño, y dio con él gracias a Dios de que su señor no hubiese caído en el caso.
Limpióse don Quijote y quitóse la celada por ver qué cosa era la que, a su parecer, le enfriaba la
cabeza, y, viendo aquellas gachas blancas dentro de la celada, las llegó a las narices, y en oliéndolas
dijo:
–Por vida de mi señora Dulcinea del Toboso, que son requesones los que aquí me has puesto,
traidor, bergante y mal mirado escudero.
A lo que, con gran flema y disimul[a]ción, respondió Sancho:
–Si son requesones, démelos vuesa merced, que yo me los comeré... Pero cómalos el diablo, que
debió de ser el que ahí los puso. ¿Yo había de tener atrevimiento de ensuciar el yelmo de vuesa
merced? ¡Hallado le habéis el atrevido! A la fe, señor, a lo que Dios me da a entender, también debo
yo de tener encantadores que me persiguen como a hechura y miembro de vuesa merced, y habrán
puesto ahí esa inmundicia para mover a cólera su paciencia y hacer que me muela, como suele, las
costillas. Pues en verdad que esta vez han dado salto en vago, que yo confío en el buen discurso de
mi señor, que habrá considerado que ni yo tengo requesones,
ni leche, ni otra cosa que lo valga, y que si la tuviera, antes la pusiera en mi estómago que en la
celada.
–Todo puede ser –dijo don Quijote.
Y todo lo miraba el hidalgo, y de todo se admiraba, especialmente cuando, después de haberse
limpiado don Quijote cabeza, rostro y barbas y celada, se la encajó; y, afirmándose bien en los
estribos, requiriendo la espada y asiendo la lanza, dijo:
–Ahora, venga lo que veniere, que aquí estoy con ánimo de tomarme con el mesmo Satanás en
persona.
Llegó en esto el carro de las banderas, en el cual no venía otra gente que el carretero, en las mulas, y
un hombre sentado en la delantera. Púsose don Quijote delante y dijo:
–¿Adónde vais, hermanos? ¿Qué carro es éste, qué lleváis en él y qué banderas son aquéstas?
A lo que respondió el carretero:
–El carro es mío; lo que va en él son dos bravos leones enjaulados, que el general de Orán envía a la
corte, presentados a Su Majestad; las banderas son del rey nuestro señor, en señal que aquí va cosa
suya.
–Y ¿son grandes los leones? –preguntó don Quijote.
–Tan grandes –respondió el hombre que iba a la puerta del carro–, que no han pasado mayores, ni
tan grandes, de Africa a España jamás; y yo soy el leonero, y he pasado otros, pero como éstos,
ninguno. Son hembra y macho; el macho va en esta jaula primera, y la hembra en la de atrás; y
ahora van hambrientos porque no han comido hoy; y así, vuesa merced se desvíe, que es menester
llegar presto donde les demos de comer.
A lo que dijo don Quijote, sonriéndose un poco:
–¿Leoncitos a mí? ¿A mí leoncitos, y a tales horas? Pues, ¡por Dios que han de ver esos señores que
acá los envían si soy yo hombre que se espanta de leones! Apeaos, buen hombre, y, pues sois el
leonero, abrid esas jaulas y echadme esas bestias fuera, que en mitad desta campaña les daré a
conocer quién es don Quijote de la Mancha, a despecho y pesar de los encantadores que a mí los
envían.
–¡Ta, ta! –dijo a esta sazón entre sí el hidalgo–, dado ha señal de quién es nuestro buen caballero:
los requesones, sin duda, le han ablandado los cascos y madurado los sesos.
Llegóse en esto a él Sancho y díjole:
–Señor, por quien Dios es, que vuesa merced haga de manera que mi señor don Quijote no se tome
con estos leones, que si se toma, aquí nos han de hacer pedazos a todos.
–Pues, ¿tan loco es vuestro amo –respondió el hidalgo–, que teméis, y creéis que se ha de tomar con
tan fieros animales?
–No es loco –respondió Sancho–, sino atrevido.
–Yo haré que no lo sea –replicó el hidalgo.
Y, llegándose a don Quijote, que estaba dando priesa al leonero que abriese las jaulas, le dijo:
–Señor caballero, los caballeros andantes han de acometer las aventuras que prometen esperanza
de salir bien dellas, y no aquellas que de en todo la quitan; porque la valentía que se entra en la
juridición de la temeridad, más tiene de locura que de fortaleza. Cuanto más, que estos leones no
vienen contra vuesa merced, ni lo sueñan: van presentados a Su Majestad, y no será bien detenerlos
ni impedirles su viaje.
–Váyase vuesa merced, señor hidalgo –respondió don Quijote–, a entender con su perdigón manso
y con su hurón atrevido, y deje a cada uno hacer su oficio. Éste es el mío, y yo sé si vienen a mí, o no,
estos señores leones.
Y, volviéndose al leonero, le dijo:
–¡Voto a tal, don bellaco, que si no abrís luego luego las jaulas, que con esta lanza os he de coser con
el carro!
El carretero, que vio la determinación de aquella armada fantasía, le dijo:
–Señor mío, vuestra merced sea servido, por caridad, dejarme desuncir las mulas y ponerme en
salvo con ellas antes que se desenvainen los leones, porque si me las matan, quedaré rematado para
toda mi vida; que no tengo otra hacienda sino este carro y estas mulas.
–¡Oh hombre de poca fe! –respondió don Quijote–, apéate y desunce, y haz lo que quisieres, que
presto verás que trabajaste en vano y que pudieras ahorrar desta diligencia.
Apeóse el carretero y desunció a gran priesa, y el leonero dijo a gran-des voces:
–Séanme testigos cuantos aquí están cómo contra mi voluntad y forzado abro las jaulas y suelto los
leones, y de que protesto a este señor que todo el mal y daño que estas bestias hicieren corra y vaya
por su cuenta, con más mis salarios y derechos. Vuestras mercedes, señores, se pongan en cobro
antes que abra, que yo seguro estoy que no me han de hacer daño.
Otra vez le persuadió el hidalgo que no hiciese locura semejante, que era tentar a Dios acometer tal
disparate. A lo que respondió don Quijote que él sabía lo que hacía. Respondióle el hidalgo que lo
mirase bien, que él entendía que se engañaba.
–Ahora, señor –replicó don Quijote–, si vuesa merced no quiere ser oyente desta que a su parecer
ha de ser tragedia, pique la tordilla y póngase en salvo.
Oído lo cual por Sancho, con lágrimas en los ojos le suplicó desistiese de tal empresa, en cuya
comparación habían sido tortas y pan pintado la de los molinos de viento y la temerosa de los
batanes, y, finalmente, todas las hazañas que había acometido en todo el discurso de su vida.
–Mire, señor –decía Sancho–, que aquí no hay encanto ni cosa que lo valga; que yo he visto por
entre las verjas y resquicios de la jaula una uña de león verdadero, y saco por ella que el tal león,
cuya debe de ser la tal uña, es mayor que una montaña.
–El miedo, a lo menos –respondió don Quijo[te]–, te le hará parecer mayor que la mitad del
mundo. Retírate, Sancho, y déjame; y si aquí muriere, ya sabes nuestro antiguo concierto: acudirás a
Dulcinea, y no te digo más.
A éstas añadió otras razones, con que quitó las esperanzas de que no había de dejar de proseguir su
desvariado intento. Quisiera el del Verde Gabán oponérsele, pero viose desigual en las armas, y no le
pareció cordura tomarse con un loco, que ya se lo había parecido de todo punto don Quijote; el cual,
volviendo a dar priesa al leonero y a reiterar las amenazas, dio ocasión al hidalgo a que picase la
yegua, y Sancho al rucio, y el carretero a sus mulas, procurando todos apartarse del carro lo más que
pudiesen, antes que los leones se desembanastasen.
Lloraba Sancho la muerte de su señor, que aquella vez sin duda creía que llegaba en las garras de los
leones; maldecía su ventura, y llamaba menguada la hora en que le vino al pensamiento volver a
servirle; pero no por llorar y lamentarse dejaba de aporrear al rucio para que se alejase del carro.
Viendo, pues, el leonero que ya los que iban huyendo estaban bien desviados, tornó a requerir y a
intimar a don Quijote lo que ya le había requerido e intimado, el cual respondió que lo oía, y que no
se curase de más intimaciones y requirimientos, que todo sería de poco fruto, y que se diese priesa.
En el espacio que tardó el leonero en abrir la jaula primera, estuvo considerando don Quijote si sería
bien hacer la batalla antes a pie que a caballo; y, en fin, se determinó de hacerla a pie, temiendo que
Rocinante se espantaría con la vista de los leones. Por esto saltó del caballo, arrojó la lanza y
embrazó el escudo, y, desenvainando la espada, paso ante paso, con maravilloso denuedo y corazón
valiente, se fue a poner delante del carro, encomendándose a Dios de todo corazón, y luego a su
señora Dulcinea.
Y es de saber que, llegando a este paso, el autor de esta verdadera historia exclama y dice: ‘‘¡Oh
fuerte y, sobre todo encarecimiento, animoso don Quijote de la Mancha, espejo donde se pueden
mirar todos los valientes del mundo, segundo y nuevo don Manuel de León, que fue gloria y honra
de los españoles caballeros! ¿Con qué palabras contaré esta tan espantosa hazaña, o con qué razones
la haré creíble a los siglos venideros, o qué alabanzas habrá que no te convengan y cuadren, aunque
sean hipérboles sobre todos los hipérboles? Tú a pie, tú solo, tú intrépido, tú magnánimo, con sola
una espada, y no de las del perrillo cortadoras, con un escudo no de muy luciente y limpio acero,
estás aguardando y atendiendo los dos más fieros leones que jamás criaron las africanas selvas. Tus
mismos hechos sean los que te alaben, valeroso manchego, que yo los dejo aquí en su punto por
faltarme palabras con que encarecerlos’’.
Aquí cesó la referida exclamación del autor, y pasó adelante, anudando el hilo de la historia,
diciendo que, visto el leonero ya puesto en postura a don Quijote, y que no podía dejar de soltar al
león macho, so pena de caer en la desgracia del indignado y atrevido caballero, abrió de par en par
la primera jaula, donde estaba, como se ha dicho, el león, el cual pareció de grandeza extraordinaria
y de espantable y fea catadura. Lo primero que hizo fue revolverse en la jaula, donde venía echado, y
tender la garra, y desperezarse todo; abrió luego la boca y bostezó muy despacio, y, con casi dos
palmos de lengua que sacó fuera, se despolvoreó los ojos y se lavó el rostro; hecho esto, sacó la
cabeza fuera de la jaula y miró a todas partes con los
ojos hechos brasas, vista y ademán para poner espanto a la misma temeridad. Sólo don Quijote lo
miraba atentamente, deseando que saltase ya del carro y viniese con él a las manos, entre las cuales
pensaba hacerle pedazos.
Hasta aquí llegó el estremo de su jamás vista locura. Pero el generoso león, más comedido que
arrogante, no haciendo caso de niñerías, ni de bravatas, después de haber mirado a una y otra parte,
como se ha dicho, volvió las espaldas y enseñó sus traseras partes a don Quijote, y con gran flema y
remanso se volvió a echar en la jaula. Viendo lo cual don Quijote, mandó al leonero que le diese de
palos y le irritase para echarle fuera.
–Eso no haré yo –respondió el leonero–, porque si yo le instigo, el primero a quien hará pedazos
será a mí mismo. Vuesa merced, señor caballero, se contente con lo hecho, que es todo lo que puede
decirse en género de valentía, y no quiera tentar segunda fortuna. El león tiene abierta la puerta: en
su mano está salir, o no salir; pero, pues no ha salido hasta ahora, no saldrá en todo el día. La
grandeza del corazón de vuesa merced ya está bien declarada: ningún bravo peleante, según a mí se
me alcanza, está obligado a más que a desafiar a su enemigo y esperarle en campaña; y si el
contrario no acude, en él se queda la infamia, y el esperante gana la corona del vencimiento.
–Así es verdad –respondió don Quijote–: cierra, amigo, la puerta, y dame por testimonio, en la
mejor forma que pudieres, lo que aquí me has visto hacer; conviene a saber: cómo tú abriste al león,
yo le esperé, él no salió; volvíle a esperar, volvió a no salir y volvióse acostar. No debo más, y
encantos afuera, y Dios ayude a la razón y a la verdad, y a la verdadera caballería; y cierra, como he
dicho, en tanto que hago señas a los huidos y ausentes, para que sepan de tu boca esta hazaña.
Hízolo así el leonero, y don Quijote, poniendo en la punta de la lanza el lienzo con que se había
limpiado el rostro de la lluvia de los requesones, comenzó a llamar a los que no dejaban de huir ni
de volver la cabeza a cada paso, todos en tropa y antecogidos del hidalgo; pero, alcanzando Sancho a
ver la señal del blanco paño, dijo:
–Que me maten si mi señor no ha vencido a las fieras bestias, pues nos llama.
Detuviéronse todos, y con[o]cieron que el que hacía las señas era don Quijote; y, perdiendo alguna
parte del miedo, poco a poco se vinieron acercando hasta donde claramente oyeron las voces de don
Quijote, que los llamaba. Finalmente, volvieron al carro, y, en llegando, dijo don Quijote al
carretero:
–Volved, hermano, a uncir vuestras mulas y a proseguir vuestro viaje; y tú, Sancho, dale dos
escudos de oro, para él y para el leonero, en recompensa de lo que por mí se han detenido.
–Ésos daré yo de muy buena gana –respondió Sancho–; pero, ¿qué se han hecho los leones? ¿Son
muertos, o vivos?
Entonces el leonero, menudamente y por sus pausas, contó el fin de la contienda, exagerando, como
él mejor pudo y supo, el valor de don Quijote, de cuya vista el león, acobardado, no quiso ni osó salir
de la jaula, puesto que había tenido un buen espacio abierta la puerta de la jaula; y que, por haber él
dicho a aquel caballero que era tentar a Dios irritar al león para que por fuerza saliese, como él
quería que se irritase, mal de su grado y contra toda su voluntad, había permitido que la puerta se
cerrase.
–¿Qué te parece desto, Sancho? –dijo don Quijote–. ¿Hay encantos que valgan contra la verdadera
valentía? Bien podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo, será
imposible.
Dio los escudos Sancho, unció el carretero, besó las manos el leonero a don Quijote por la merced
recebida, y prometióle de contar aquella valerosa hazaña al mismo rey, cuando en la corte se viese.
–Pues, si acaso Su Majestad preguntare quién la hizo, diréisle que el Caballero de los Leones, que de
aquí adelante quiero que en éste se trueque, cambie, vuelva y mude el que hasta aquí he tenido del
Caballero de la Triste Figura; y en esto sigo la antigua usanza de los andantes caballeros, que se
mudaban los nombres cuando querían, o cuando les venía a cuento.
Siguió su camino el carro, y don Quijote, Sancho y el del Verde Gabán prosiguieron el suyo.

Fuente: http://www.educa.jcyl.es/educacyl/cm/gallery/Recursos%20Infinity/tematicas/webquijote/pdf/DONQUIJOTE_PARTE2.pdf


5 comentarios:

  1. No se si sea en este libro o en otro donde viene algunas lecturas que recuerdo y que no has subido:

    La del raton del supermercado y sus primos del campo, que era de las ultimas
    La de los toros, cuando una niña descubre las pinturas rupestres
    La de un cuento que terminaba con una frase algo asi como "y me dio una tunda que recordar{e por todos los dias de mi vida"
    La de la falta de un clavo
    La del volcan parocutin

    si por lo menos una de estas lecturas anda por alli me harias muy feliz si los subieras

    ResponderEliminar
  2. jajaja, siii, yo también espero esa de la tunda, se llama "una amarga experiencia" y la de los ratones ojala las puedas subir :)

    ResponderEliminar
  3. ¿Sabes como se llama el autor del cuento "una amarga experiencia"?

    ResponderEliminar
  4. Por si tienes la historia de unos cirqueros, en el que a uno de sus tios le decían "el tío badajo". Ahí supe el nombre de la bola de la campana

    ResponderEliminar
  5. Te encargo por favor la lectura de una sirena, estoy seguro que es de cuarto, gracias.

    p.s Excelente blog!!!!!

    ResponderEliminar